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RAQUEL LLORA A SUS HIJOS Y NO QUIERE SER CONSOLADA

“En Ramá se han oído unos quejidos y un amargo lamento: es Raquel que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, pues ya no están” (Jr 31, 15). “Herodes se enojó muchísimo y ordenó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y sus alrededores” (Mt 2,16).

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Se repite el enojo histórico e insano de los tiranos. Se repite la indignación impotente de los súbditos. En este momento, sin embargo, no se trata de tiempos de guerra generalizada, y sin de paz. Como se el propio progreso, desarrollado por la tecnología de punta, tornase más empedernido el corazón de los poderosos. De un lado, los padres con el corazón sangrando, privados de sus hijos menores y obligados a retornar a su país de origen; de otro, el llanto y el lamento de los niños, dejados solos, enjaulados y abandonados en manos de extraños. Se reduce a escombros una esperanza cosida lentamente y largamente por toda la familia.

Estamos en la frontera entre México y Estados Unidos, marcada por el entrecruzarse de sueños y pesadillas. Prevalece la política de la tolerancia cero del gobierno Donald Trump contra los inmigrantes sin documentación en día. En el proceso de selección y de expatriación de los migrantes, familias son separadas con implacable frieza y prepotencia por las autoridades de la mayor economía del mundo. Se privan los niños de la propia familia: el mejor antídoto contra la enfermedad mental y emocional, bien como contra los “descaminos” de vida.

Es innecesario recordar que la política migratoria de Estados Unidos consiste en una extrema violación de los derechos humanos. Bien más que esto: se impide al niño el derecho sagrado de convivir en el interior de la familia en la cual vino al mundo; esto equivale el privar una flor de crecer y desarrollarse en su propio jardín.

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Imagen de uno de los centros de detención infantil donde niños y niñas, entre ellos bebés, son separados de sus padres y madres tras cruzar la frontera de México y EE.UU. (Handout / AFP)

Las imágenes son chocantes, parecen irreales, “inverdaderas”, elaboradas para una exótica película de ficción. Nos quedamos preguntando: ¿serán residuos macabros provenidos de las cenizas de los campos de concentración nazi? ¡Cómo se los menores emergieran y se alzaran del sueño de muerte para denunciar todo tipo de tiranía en nombre de la raza, pueblo, nación, religión o ideología!

Todo eso en la cuna donde surgieron los ideales de democracia, promovido por los portavoces del régimen con pretensiones de modernidad…¡Se no bastasen las guerras-frías con sus sombras y amenazas! En el plural, porque a la guerra-fría político-ideológica de los años 1945-1970, sigue la guerra-fría comercial de nuestros días. De pasaje, ¿¡cuál de las dos será más letal en términos de víctimas humanas?! Combinados, el conflicto comercial y el endurecimiento de la legislación migratoria hablan fuerte en nombre de un nacionalismo que parecía muerto y sepultado en plena era de la economía mundial. Pero el fantasma del miedo no da tregua: se alza con la fuerza de los débiles, que es la venganza y la violencia. De la misma manera que el rey Herodes cuando se ve amenazado y asustando por cualquier concurrente que cruce su camino de poder y arrogancia. ¡Es urgente extirpar por la raíz!

Los tiranos, sin embargo, tienen techo de vidrio y pies de barro. La historia se encarga de reducirlos a pedazos y cenizas. El más grave es que cuando el imperio tumba bajo la propia prepotencia, sepulta consigo una serie de satélites que les son sometidos. Las ruinas de una imperio barre todo el territorio subordinado.

Por: P. Alfredo J. Gonçalves, cs, de Roma

FUENTE: Revista Dimensión Misionera

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