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MENSAJE DEL SUPERIOR GENERAL PARA LA FIESTA DE LA CONSOLATA 2018

Queridos misioneros, familiares, bienhechores y amigos todos:

Este año, para la fiesta de nuestra Madre Consolata, deseo compartir con vosotros esta oración, que se transforma en una meditación para nuestra vida y misión. Hagámosla nuestra, tanto en el ámbito personal como en el comunitario, con el fin de que la Consolata sea una ocasión de auténtica revitalización.

Santa María, primera mujer misionera y anunciadora de Jesús, ángel encarnado; tú, mujer pobre y humilde; tú, que nunca te replegaste sobre ti misma, ayuda a la Iglesia y a nuestro Instituto a curarse de la llaga de la autorreferencia, que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos y nos empuja a encerrarnos en nuestras estructuras protegidas y en nuestros nichos dorados.

Santa María, libera a nuestras comunidades del síndrome de la autocontemplación complacida o del repliegue angustiado que contagia la epidemia de la indiferencia por los pobres y no permite alegrarse con quien se alegra y llorar con quien llora. Libéranos de la esclavitud del ídolo del narcisismo, cuando la pertenencia al grupito es más fuerte que la de la comunidad, cuando nos divide hasta contraponerse entre los “nuestros” y los “otros”.

Santa María, misionera, ayúdanos a curarnos de la llaga del “martalismo”, del activismo, producido por la presunción de quien se ilusiona de poder contar solamente con sus propias fuerzas y estructuras, de quien se apoya en las rebuscadas estrategias organizativas que sabe poner en marcha, olvidando el insustituible primado de la gracia. Líbranos de la tentación de vivir el ministerio de manera burocrática y formal, cual meros empleados, compulsivamente empeñados en elaborar proyectos, en redactar programas e implacablemente llevados a calcular entradas y salidas, confundiendo la eficiencia técnica con la eficacia evangélica, confundiendo asimismo la urgencia de tantas cosas que se deben hacer con la prioritaria importancia de vivir en toda situación los sentimientos que animaron a Jesucristo.

Santa María, misionera del vino nuevo, tú que supiste ver que la antigua alianza estaba caducada, ayúdanos a curarnos de la llaga del inmovilismo, a derrotar la monótona referencia al “siempre se hizo así”. Recuérdanos que el vino nuevo debe echarse y conservarse en odres nuevos. No dejes que nos contentemos nunca con la simple administración. Haz que nos preocupemos siempre y solo de la evangelización, mucho más que por la autoconservación. Y no te canses de recordarnos que la verdadera tradición no consiste en conservar las cenizas del pasado, sino en transmitir el fuego del futuro.

Santa María, mujer de pocas palabras, tú que en el Evangelio solo hablaste cuatro veces: en el anuncio del ángel, cuando entonaste el Magníficat, cuando encontraste a Jesús en el templo y, finalmente, en Caná de Galilea, ayúdanos a curarnos de la llaga del terrorismo, de los chismorreos, de las murmuraciones y de los escuálidos cotilleos. Recuérdanos la frecuencia con que san Pablo repite, con su habitual lenguaje directo y sincero: “Hacedlo todo sin murmuraciones ni críticas y ser así irreprensibles y limpios”. Porque la pureza de la lengua expresa la pureza del corazón mucho más que la de las “manos limpias”. Cuando nos enmarañamos en las telarañas de nuestras morbosas habladurías, danos la medicina del silencio de la adoración y sugiérenos las palabras buenas de la corrección fraterna.

Santa María, misionera de la alegría, ayúdanos a curarnos de la llaga de la tristeza. Cuando nosotros, misioneros de tu Hijo, estemos a punto de desanimarnos y nos veamos al borde de las grietas de la desesperación; cuando nos sintamos aturdidos por los inevitables fracasos y las penosas frustraciones, haz que sintamos la profundidad de la alegría. Concédenos la nostalgia del céntuplo evangélico que no rehúye el servicio más humilde y fatigoso, que elige sistemáticamente en la misión lo menos deseado y glorioso. Haz que busquemos el último lugar, donde no llega la luz de los reflectores, donde no se consigue que nos distingan para los premios, las medallas y los honores. Aleja de nuestros rostros afligidos las máscaras funerarias y los tristes hábitos de una permanente cuaresma. Ayúdanos a limpiarnos la cara de los trucos de nuestros ridículos carnavales. Danos las sonrisas límpidas de la mañana de Pascua. Y líbranos de la resignación. Ahora y hasta la hora de nuestra muerte. Amén.

Saludos fraternos y felicidades a todos y cada uno. Seamos misioneros como María. ¡Feliz fiesta! ¡Ánimo y adelante in Domino!

P. Stefano Camerlengo Superior General

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