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LA MISIÓN EXIGE UNA GRAN SANTIDAD

 

El 16 de febrero se celebra la fiesta litúrgica del beato José Allamano. El Superior General, P. Stefano Camerlengo, envíe el siguiente mensaje a todos los misioneros de la Consolata en el mundo.

 

“La misión exige una gran santidad”

“Óscar Arnulfo Romero, pastor bueno, lleno del amor de Dios y cercano a sus hermanos, que viviendo el dinamismo de las bienaventuranzas llegó hasta dar por ellos su vida” (papa Francisco)

 

Queridos Misioneros:

Hemos entrado ya de lleno en el camino trazado por nuestro XIII Capítulo General, ayudados en ello por las líneas guía del Mensaje Programático del Instituto, que os hemos ofrecido a todos quienes formamos la Dirección General. El icono bíblico que hemos elegido y que caracteriza al Mensaje es el de la “jornada de Cafarnaúm” (Mc 1, 16-39), con el que hemos querido «reafirmar lo esencial de nuestra vida y de nuestra identidad… acogiendo la invitación de Jesús “a estar con él” para ser por él enviados en misión, animados por el espíritu de nuestro Fundador.

Justamente sobre este punto de la santidad de vida, fundamento de toda revitalización, deseo que todos pongamos nuestra atención con ocasión de la fiesta de nuestro querido padre Fundador. Allamano nos recuerda una vez más que “La misión exige gran santidad”. Él no se contentaba con misioneros mediocres, sino que los quería a todos, sin ninguna exclusión, “de tercera clase”, es decir aquellos que no niegan nada al Señor, y explicaba: «Todos debéis procurar ser de tercera clase, de los que hablé el domingo, porque lo que dije el domingo pasado me salía del corazón, lo había meditado antes y decidí decir lo verdadero, y esto es verdadero». Todavía me conmueve deseo suyo que le «salía realmente del corazón» y que revela de qué modo se sentía llevado a contar entre sus hijos e hijas con personas capaces de vivir sus jornadas “estando con Jesús”, anunciando el Evangelio y curando las enfermedades, por toda la “Galilea de los gentiles”… no como personas resignadas, que se contentan con lo mínimo, o que solamente aspiran a que llegue la tarde “cansadas y honradas”, sino como las que «aman mucho al Señor, dispuestas a cualquier sacrificio para darle a conocer y amar», porque «a la misión se va solamente por el amor de Dios, que es inseparable del amor al prójimo».

Este deseo de santidad radical se enciende en nosotros y se hace más fuerte no solamente considerando la vida santa y buena de Allamano, sino también la de tantos misioneros y misioneras de la Consolata que le siguieron y se dejaron contagiar de su celo, por lo que su memoria es recordada como una bendición y nos hace bien. Por eso, también en nuestro Mensaje programático, hemos querido recordar la importancia de la “memoria histórica” de los misioneros que nos han precedido y dejado una huella de santidad no solo entre nosotros, sino especialmente entre la gente que todavía les recuerda con gratitud y les invoca como intercesores ante Dios. Cada uno de ellos puede sugerirnos algún “detalle de santidad” con el que tejer nuestra vida misionera.

En esta “memoria atenta y afectuosa” de quien caminó antes que nosotros, me agrada recordar este año, de manera especial, el nombre del que elegimos como protector nuestro para el 2018, el beato Óscar Romero (o san Romero de América, como es invocado desde hace algún tiempo en su continente).

Presentando al beato Romero como protector de este nuevo año, juntamente con la madre Simona, escribí:

«Dejémonos acompañar por Óscar Romero como verdadero discípulo de Jesús.

Ofrezcamos a todos le belleza de ser cristianos y de poder anunciar el Reino con la justicia y la paz.

Empeñémonos, convencidos de que la pobreza y el sufrimiento no son solamente objetos que se deben eliminar, sino realidades de las que hacernos cargo como Jesús en el Evangelio.

Que podamos, inculturándonos en el pueblo que nos acoge, sumergirnos en Cristo en un proceso de purificación y transformación evangélica».

De la ropa teñida en sangre de este manso y fuerte pastor salvadoreño, extraigamos algunos “hilos” de su santidad, para que se conviertan para nosotros en motivos de reflexión, intercambio e imitación:

  • Su conversión: a los setenta años afrontó un cambio radical, provocado por el descubrimiento de los pobres y por la violencia que padecían.
  • Su amor apasionado al Dios de Jesús, Dios de su vida y de la historia. Decía: «Nadie se conoce hasta que no ha encontrado a Dios…
  • Pobre entre los pobres de su pueblo: amando y defendiendo a su gente, denunciando las violencias y la idolatría del dinero, arriesgando todo por ellos. Y confesando sin avergonzarse: «Con este pueblo no es difícil ser un buen pastor».
  • Mártir en lo cotidiano y no solamente al final, como ha recordado el papa Francisco: «Quiero añadir algo que quizá no hemos advertido. El martirio de monseñor Romero no se produjo solo en el momento de su muerte; fue un martirio-testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta el momento de su muerte. Pero también posterior, porque, una vez muerto –yo era un joven sacerdote y fui testigo de ello-, fue difamado, calumniado, cubierto de barro, es decir que su martirio continuó incluso por parte de sus hermanos en el sacerdocio y en el episcopado. Es hermoso verle así también: como un hombre que continúa siendo mártir».

Impulsados por el celo de nuestro beato Allamano y por la santidad del mártir Óscar Romero, animados por el último Capítulo General, que nos ha pedido una auténtica revitalización personal y comunitaria, con ocasión de esta hermosa fiesta de nuestro Fundador invito a cada uno de todos nosotros y todas las comunidades a interrogarnos sobre nuestro compromiso, partiendo de la fidelidad a la vocación y a la vida comunitaria, lugar privilegiado para nuestra santidad y nuestra misión.

Sugiero aquí como reflexión algunos puntos extraídos del documento “El misionero de la Consolata santo”, elaborado por el Secretariado para la Misión de la Dirección General de 2012, texto todavía actual y profundo, alimento para nuestra meditación y conversión.

VIVAMOS LA SANTIDAD COMO DISCÍPULOS DE CRISTO

Todo misionero lo es realmente solo si se compromete en el camino de la santidad. La tensión a la santidad está inserta en nuestra vocación misionera, es la base, la motivación y la razón de todo nuestro ser.

Aquello de “primero santos y luego misioneros” debe transformarse por tanto en una “opción por la santidad de vida” que pone a Cristo en el centro y se nutre de:

  • Un alto nivel de espiritualidad y oración.
  • Una humilde y atenta escucha de Dios en su Palabra y en los hechos de la historia.
  • Un conocimiento de la propia realidad personal.
  • Un PPV que comprende tiempos y modos para alimentar el espíritu.
  • Una costumbre a rezar con la gente y a celebrar con los fieles sobre todo la Eucaristía cotidiana.

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LA SANTIDAD PONE A CRISTO EN EL CENTRO DE LA VIDA

La santidad misionera nace y se forma en el encuentro con Cristo. El debilitamiento de nuestra relación con Cristo debilita la raíz misma de la misión. Tal vez esté aquí la razón de algunas de nuestras mediocridades. Hoy el arranque misionero requiere una fuerte espiritualidad misionera, sostenida por una visión teológica adecuada. La santidad se manifiesta estando convencidos de estar consagrado ad gentes, ad vitam, ad extra y ad pauperes para el servicio de la misión en la Iglesia. La santidad es nuestro modo específico de ser discípulos de Cristo y de dar testimonio mediante los votos de obediencia, castidad y pobreza.

La medida de la radicalidad de nuestro amor a Cristo y a los hermanos encuentra en el martirio el sello supremo de donación con el ofrecimiento de la fatiga cotidiana, del sufrimiento en la enfermedad o de la inmolación misma de la vida.

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SANTOS POR ESTAR ENAMORADOS DE CRISTO

Cada uno de nosotros conoce sus propios límites, y también en comunidad se viven desilusiones, frustraciones de proyectos no realizados en los diversos ámbitos de nuestro servicio misionero. Esto puede hacernos perder de vista, hasta el punto de apagar la pasión por el Reino. En las opciones que hacemos, a veces somos dimisionarios y resignados aun antes de intentar caminos nuevos. Corremos el riesgo de convertirnos en funcionarios más que en testimonios, en guardianes del pasado más que en avanzar, en primera fila, como centinelas de la mañana.

¿Por qué sucede así? ¿Qué remedio oponer?

Debemos recuperar estar enamorados de Jesucristo, como apuesta total de nuestra vida, porque el Señor no puede ser reducido a un fleco, a un apéndice añadido al fruncido de nuestra existencia. El amor a Cristo fuera del marco de la totalidad es ambiguo. El part-time, el servicio por horas con Cristo no es admisible.

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JESÚS MODELO DE MISIÓN

La misión está inscrita en el acontecimiento mismo de Jesús: en el evangelio de Marcos (cf 3,14-15) se lee que Jesús “eligió a doce para que estuvieran con él y para enviarles a predicar”. Estando con Jesús se comprende la necesidad de salir. Pero es andando como realmente se está en compañía de Jesús: su vida, en efecto, es itinerante y misionera. Estar no es la premisa del envío, indica más bien el modo de ir, no solos sino en compañía del Maestro, en su seguimiento.

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CON EL ESTILO DE LOS MISIONEROS DE LA CONSOLATA

Cuando el discípulo vive la santidad con el estilo y según el carisma del Instituto, se convierte en Misionero de la Consolata. Estas son sus características específicas:

  • Celo apostólico y deseo de dar a conocer al Señor a todas las gentes.
  • Amor especial a María Consolata.
  • Devoción eucarística.
  • Fidelidad a la Iglesia y a sus pastores.
  • Amor a la liturgia.
  • Vida fraterna vivida en familia.
  • Práctica del trabajo manual.

Queridos hermanos, que la alegría que nos une en la fiesta de nuestro amado Fundador se convierta para todos en invocación de toda nuestra familia misionera. Cada uno de nosotros, joven o anciano, en actividad apostólica u obligado “a la inutilidad”, feliz o triste por el sufrimiento, rece con fervor:

Dios, Padre nuestro, te damos gracias por habernos dado a José Allamano como padre y maestro. Con él te rogamos para que podamos siempre poner tu Palabra en primer lugar y nos libres de la tentación de domesticarla o envilecerla por miedo a que nos implique.

Échanos una mano para que, imitando a quienes nos han precedido, podamos encarnarla en nuestra vida cotidiana, amando y sirviendo a los pobres hasta el don total de la vida, para construir con ellos tú Reino de santidad, de justicia y de paz.

Y como siempre, mi invitación a no olvidarnos de rezar y hacer que recen otros a nuestro beato Fundador para que, con la señal del milagro, pueda finalmente ser contado entre los santos del cielo.

¡Feliz fiesta a todos! ¡Ánimo, adelante in Domino y en santidad de vida!

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P. Stefano Camerlengo

Superior General IMC

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