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EL EVANGELIO DE LA SONRISA

Irene-Stefani-e-beata.-La-celebrazione-il-23-maggio-2015-a-Nyeri-in-Kenya_articleimageLa Iglesia “es por naturaleza misionera”. Nació el día de Pentecostés. Asumió un fuer­te impulso de expansión, es­pecialmente con el apóstol Pablo, quien más que nadie, percibió la urgencia de llevar hasta los lugares más remotos el anuncio del Evan­gelio, porque “Dios quiere que to­dos se salven y lleguen al conoci­miento perfecto de la verdad”. Por eso, Pablo no pone límites a su pa­sión por el anuncio del Evangelio; se hace todo a todos y busca todos los medios para que este llegue al mayor número de personas; consi­dera esta misión un acto de culto, una auténtica Liturgia, de la que se encargan, particularmente los que de un modo más explícito y directo consagran a ella toda su vida.

La Iglesia, en la reflexión sobre sí misma y su misión en el mun­do, continúa interrogándose sobre su naturaleza, sobre los métodos más apropiados para el anuncio y sobre las características del misio­nero, aún más hoy, ante los nuevos escenarios del mundo y en el en­cuentro con las distintas culturas y religiones.

La urgencia de comunicar el Evangelio se ha extendido a países tradicionalmente evangelizados, a situaciones, concepciones y hábitos de vida impermeables a los ideales evangélicos; incluso en países con­siderados tradicionalmente cristia­nos. Es tiempo de misión, de nueva evangelización, de audacia y ardor misionero. Estas expresiones son habituales y muy repetidas en el lenguaje eclesial. Los obispos italia­nos proponen la misión como “pa­radigma”, punto de referencia y de propuesta. Exhortan a “abrir el li­bro de las misiones” para encontrar inspiración, conocer, aprender y acoger la acción del Espíritu, siem­pre presente y activo en el mundo; esto presupone encontrarnos con aquellos que llevan la misión en el corazón, que hacen de ella la razón de su vida, que asumen un com­promiso permanente con la promo­ción integral de la persona.

Así vivió la hermana Irene Ste­fani, una de las primeras Misione­ras de la Consolata. En la vigilia de su consagración para la Misión, la colmaba este deseo: “¡Oh Jesús! Si tuviera mil vidas las gastaría por ti”. Tuvo una sola y más bien breve, 39 años, entregados a servir a los de­más y al anuncio del Evangelio. La “pasión por las almas” fue la gran preocupación de toda su vida, que se evidenció también en el delirio de la agonía.

Los testimonios más valiosos so­bre ella surgieron de los labios de testigos oculares: los africanos que la conocieron desde los comien­zos de la evangelización en Kenia, donde ella desarrolló su actividad y quienes entendieron “que era el amor a Dios lo que la impulsaba”, lo que la hacía saltar como un re­sorte cuando sabía que alguien la necesitaba. Comprendieron tam­bién que no fue la peste contraída por socorrer a un moribundo la causa de su muerte, sino el amor.

Sus correrías subiendo y bajan­do por las colinas del Kikuyu se volvieron habituales y así dejó un recuerdo que el paso del tiempo no ha logrado borrar. “Secretaria de los pobres”, “ángel de caridad”, “ángel de los pobres”, “madre toda mise­ricordia”, “hermana que amaba a todos”, “ágil”… toda una letanía que sintetiza el vivo recuerdo que ha dejado, sus características, su corazón; por encima de todo reve­lan cuál es la primera y verdadera motivación de la vocación misio­nera y de su dinamismo: el “fuego” interior del amor a Dios, por el cual se desea ardientemente hacerlo conocer y el amor a los hermanos más necesitados, a quienes, como repetía el Beato Allamano, “se llega a amarlos más que a la propia vida y a darlo todo por ellos”. Esto lo confirman los testigos oculares: “Se veía que era el amor a Dios lo que la empujaba” Ella misma lo mani­fiesta en las dificultades: “Si tuviese en cuenta mi voluntad no lo haría, pero por amor a Dios, sí.”

El autor de esta nueva, ágil y atractiva biografía, enmarcada en el ambiente eclesial de la Brescia del ochocientos y el africano de princi­pios del novecientos, la capta des­de una actitud suya muy expresiva que caracteriza su personalidad, su relación con los demás y su activi­dad: la sonrisa.

Desde el primer encuentro que tuvo la superiora con ella cuando llegó a la primera casa de las Mi­sioneras de la Consolata quedó im­presionada por su “hermosa sonri­sa”, “siempre inmutable.” Otros la recuerdan como una persona fe­liz, “alegre y ágil, pero su ‘sonrisa muestra la intensa alegría de dedi­car toda su existencia a la misión, a la que se entregó incansablemen­te, sin ahorrar tiempo para sí ni de día ni de noche, mientras todo lo demás pasaba a un segundo plano, porque su único deseo era ser “toda de Dios” y de los más necesitados.

Su sonrisa expresa “dulzura” y “mansedumbre”. Sus actitudes son tan recomendadas por el Beato José Allamano, que llegaron a ser como una consigna dada a los misioneros y misioneras que partían por ser indispensables para tratar a los de­más y llevarlos a Cristo. Su sonrisa reveladora de un amor respetuoso y compasivo, abierto y benévolo con todos, sin exclusiones, capaz de vencer todos los obstáculos, de romper todas las barreras y de ali­viar toda tristeza.

El Evangelio que se comunica con la sonrisa es el medio más po­tente de expresión y de conquista de los corazones, es la “medicina” más eficaz que cualquier otro fár­maco; tiene algo de celestial. De ahí la admiración, el asombro y la fuer­za de atracción que esta pequeña, gran misionera, todavía suscita; de ahí brota también la confianza en su ayuda como “madre toda miseri­cordia: Nyaatha”.

Por: Gottardo Pasqualetti, IMC

Revista Dimensión Misionera

   

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