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DÉJATE DE REMILGOS Y BEBE EL JUGO DE LA PAZ

Por: Mons. Luis Augusto Castro, imc

paz - Revista DMComo casi todas las mamás, también la mía tuvo que ver con un hijo de esos que Se pueden llamar remilgados. El caso es que cuando compraba algunas frutas y veía que alguna de ellas, digamos un banano, tenía la puntica medio dañada, debía aguantarse las lamentaciones de ese hijo remilgado, quien protestaba diciendo; «yo no me como esa fruta dañada».

Las lamentaciones o la pataleta no la impresionaban. Sencillamente, ella agarraba el banano, le cortaba la puntica dañada y con el resto hacia un jugo espectacular, delicioso al máximo. Bananos como ese con la puntica dañada, somos todos los colombianos. Y esa puntica dañada, unida a las otras punticas dañadas, incluida la mía, forman lo que hoy en Colombia se llama violencia.

Si tú dices que este enorme daño de la violencia es causado por los otros y que tú no tienes nada que ver con ella, eres sencillamente tonto. Porque esa puntica dañada, por pequeña que sea y que te niegas a reconocer, también está en ti y contribuye a la violencia.

Los indígenas de otras tierras anhelaban fumar la pipa de la paz. Nosotros anhelamos beber el jugo de la paz. Para ello, déjate de remilgos y más bien empieza a aceptar que también en ti hay que cortar algo para que el jugo salga espectacular.

Si tú y yo no empezamos a reconocer que estamos contribuyendo a la violencia y que requerimos hacer algo con nosotros mismos, el jugo no se va a dar.

Eso de cortar algo de mí, lo llama el Evangelio conversión y fue lo primero que Cristo pidió. Y lo último que hizo fue darnos el don de la paz. Para llegar a la segunda, tenemos que pasar por la primera. Pero este pasar por la primera sólo es posible si de verdad tenemos esperanza de lograr la segunda.

Y esta esperanza que te mueve a pasar de banano con la punta dañada a banano listo para el jugo de la paz, es la que quiero avivar en ti. Es la esperanza de toda una nación anhelante de paz. Y como ves, la paz empieza por casa, empieza por ti y empieza por mí, reconociendo que no somos sencillamente parte de la solución, sino también parte del problema.

Fuente: Revista Dimensión Misionera (n° 325, febrero-marzo 2014, pág. 5)

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