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BEATO OSCAR ROMERO, PROTECTOR IMC-MC DEL AÑO 2018

Misioneras de la Consolata / Misioneros de la Consolata

 

PROTECTOR DEL AÑO 2018

 

BEATO OSCAR ROMERO, ENVIADO POR DIOS A SU PUEBLO

 

“Con monseñor Oscar Romero Dios ha pasado por El Salvador. Ha sido un enviado de Dios para salvar a su pueblo” (Jon Sobrino).

“Nosotros creemos con el apóstol Juan que Jesús es la palabra de vida y que, donde hay vida, se nos manifiesta Dios. Donde el pobre comienza a vivir, donde el pobre comienza a liberarse, donde los hombres son capaces de sentarse alrededor de una mesa común para compartir lo que tienen, allí está presente el Dios de la vida” (monseñor Oscar Romero).

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INTRODUCCIÓN

 

Monseñor Romero se ha convertido en símbolo de quien da la vida por la justicia y el amor a los pobres y a los oprimidos. Su muerte violenta ha abierto el camino para el martirio en nombre de la justicia, en bien de las personas, a imagen de Cristo. Por esto le proponemos como Protector nuestro para el año 2018.

En este nuevo año queremos seguir la estela de la santidad dando testimonio del Evangelio con nuestra vida y dejándonos acompañar por monseñor Oscar Romero como verdadero discípulo de Jesús.

Queremos ofrecer a todos la belleza de ser cristianos y de poder anunciar el Reino en la justicia y la paz.

Queremos comprometernos con los pobres convencidos de que la pobreza y el sufrimiento no son solamente un objeto que eliminar, sino una realidad de la que hacerse cargo como Jesús en el Evangelio.

Queremos dejar que la inculturación en la realidad del pueblo que nos acoge nos ayude a sumergirnos en Cristo, en un proceso de purificación y transformación evangélicas como personas y como familia.

MONSEÑOR OSCAR ROMERO

Oscar Romero beatoOscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, la capital de El Salvador, en América Central, fue asesinado el lunes 24 de marzo de 1980, a las 18.25 horas, durante la celebración de la Misa y cuando daba comienzo al ofertorio, por un sicario que le disparó mortalmente con un arma de fuego en la capilla “del hospitalito”, el Hospital de la Divina Providencia, en la periferia noroeste de San Salvador. “El hospitalito” es un hospital para enfermos terminales por tumor, fundado y dirigido por las Hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Romero residía en este hospital. Fue un crimen anunciado.

Un mes antes, el 24 de febrero de 1980, el arzobispo había declarado públicamente que era objeto de amenazas de muerte. Era una personalidad conocida mundialmente. Había recibido el doctorado honoris causa por la Universidad católica de Washington, la Georgetown University, el 14 de febrero de 1978, y el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, en Bélgica, el 2 de febrero de 1980, cincuenta días antes de morir.

Era arzobispo de San Salvador desde hacía tres años, desde febrero de 1977. Había sido consagrado obispo el 21 de junio de 1970 en San Salvador. Primeramente fue obispo auxiliar de San Salvador, luego, desde octubre de 1974, obispo de la diócesis de Santiago de María, confinante con la archidiócesis de San Salvador.

El comienzo de su ministerio de arzobispo de San Salvador había sido ensangrentado por las circunstancias trágicas de los asesinatos, por obra de los cuerpos especiales de seguridad, de personalidades de relieve del clero de San Salvador: el jesuita padre Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977, juntamente con un muchacho y un anciano en Aguilares, y el sacerdote diocesano Oscar Navarro Oviedo, el 11 de mayo de 1977, en la periferia de San Salvador. Los que se oponían a una Iglesia alineada en defensa de los derechos humanos, pensaban que monseñor Romero, al principio de su servicio pastoral, habría hecho “limpieza” entre el clero, alejando a aquellos sacerdotes que trabajaban activamente en la pastoral que trataba de infundir una conciencia social y civil a los campesinos especialmente, pertenecientes a la mayoría de la población oprimida y casi sin derechos.

De hecho, monseñor Romero había seguido hasta entonces una línea prudente y tradicional. Sin embargo, ante aquellos bárbaros homicidios, como él mismo dijo, “se convirtió”. Reaccionó prontamente, asegurando su defensa a los exponentes del clero y a las personas amenazadas, uniendo a sacerdotes y religiosos de la archidiócesis en torno a él, en un estado de Iglesia perseguida y misionera porque anunciaba el Evangelio:

“Apelamos a la unidad de todos los católicos y la queremos vivamente. Pero no podemos poner como precio de esa unidad el cese de nuestra misión. Recordemos que lo que nos divide no es el modo de hacer de la Iglesia, sino el pecado del mundo y de nuestra sociedad” (Oscar Romero, carta pastoral, 6 de agosto de 1977).

La fidelidad a la misión, a sacrificar la propia vida por los hermanos, hizo que se aplicara al arzobispo la misma suerte que a los sacerdotes asesinados.

Oscar Romero había nacido el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, en el Oriente de El Salvador, en la diócesis de San Miguel, en una familia de condición modesta. Había entrado en el seminario a la edad de trece años. Fue ordenado sacerdote en Roma, donde fue alumno del Colegio Pío Latino Americano, el 4 de abril de 1942, a la edad de veinticuatro años. Durante veintitrés años, de 1944 a 1967, ejerció el ministerio sacerdotal en la diócesis de San Miguel, desempeñando contemporáneamente diversos cargos: secretario del obispo, párroco de la parroquia de Santo Domingo, en San Miguel; rector de la iglesia de San Francisco, donde era promotor de la devoción a la Virgen Reina de la Paz, que se veneraba allí; director del periódico diocesano El Chaparrastique, asistente espiritual de la Acción Católica, así como de muchas asociaciones de fieles; promotor de la obra para la conclusión de los trabajos de la catedral, director del seminario menor y otras incumbencias. Llevó a cabo en su diócesis de origen un trabajo extraordinario, preciso, constante. Se distinguía por la fidelidad al magisterio y al Papa. El Papa al que admiraba profundamente era Pío XI, de quien recordaba esta fuerte frase: «¡Mientras yo sea Papa, la Iglesia no sufrirá humillaciones!». Era fiel a la teología segura, consolidada por la tradición, por cuyo motivo solía adoptar posiciones firmes, en contraste con otros sacerdotes que pensaban diversamente, especialmente en el tema de la aplicación del Concilio Vaticano II.

La exigencia “sentire cum Ecclesia” de la espiritualidad ignaciana, que significaba fidelidad indiscutible al magisterio, estaba profundamente arraigada en su ánimo. Fue justamente la fidelidad al “sentire cum Ecclesia” la que impulso progresivamente al arzobispo de San Salvador a evangelizar en tierra de injusticia, decidiendo ponerse al lado del pobre en sus justas reivindicaciones.

En septiembre de 1967 el sacerdote Romero recibió el encargo de Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador (Cedes), por lo que tuvo que dejar la diócesis de San Miguel y trasladarse a San Salvador, la capital; en mayo de 1968 recibió también el cargo de Secretario del SEDAC, el Secretariado Episcopal para América Central; el 21 de junio de 1970 le llegó el nombramiento de obispo auxiliar del arzobispo de San Salvador, Chávez y González.

En un primer momento, como sacerdote y joven obispo, no consideraba necesaria la aplicación del Concilio Vaticano II al contexto América Latina, tal como había sido realizada en la Conferencia de los Obispos de América Latina, celebrada en Medellín, Colombia. Pero después, como obispo de la diócesis de Santiago de María, fue animador de una pastoral que se confrontaba con la realidad social de la Iglesia a él confiada y respondía al «trágico y culpable estado de privación de los derechos humanos y sociales y, se puede decir, de dignidad jurídica, en la que vivía la inmensa mayoría de la población de El Salvador, y especialmente los campesinos» (J. Delgado, biografía de Oscar Romero, pág. 123). Como pastor, el obispo Romero se confrontó con la realidad de la población y de la Iglesia a la que servía. Adquirieron importancia para él las referencias al Concilio Vaticano II, a la enseñanza social de la Iglesia, a la Ecclesiam suam, la primera encíclica de Pablo VI, del 6 de agosto de 1964, sobre el mandato de la Iglesia en el mundo contemporáneo, y luego a los documentos de Medellín. Sin embargo, su posición no se encontraba todavía en la línea de una identificación con el pueblo mártir y la denuncia contundente y valiente contra la dictadura militar y de la guerrilla marxista, algo que sí sucedió después de su conversión.

Particularmente, acusaba de modo preciso y evangélico, en sus homilías, transmitidas también por la radio, a la dictadura militar de ser la mayor responsable de los sufrimientos del pueblo. En la primera parte de sus homilías comentaba las lecturas y en la segunda hacía una lista de las violaciones de los derechos humanos con denuncias claras, dando los nombres, los lugares y las fechas de las víctimas y de los responsables de tales crímenes. Por esto fue por lo que comenzó a crecer el odio contra él, hasta el punto de ser asesinado.

El conocimiento nítido, preciso y escrupuloso de la responsabilidad, entendida como el deber del pastor de responder a Quien le confió el rebaño, en él muy viva, se ofrece como el móvil interior de un hombre, de un pastor que se pone en presencia de Dios y actúa en consecuencia.

Monseñor Romero fue un continuo buscador del bien, del camino justo, y por eso colaboró y se dejó aconsejar por sacerdotes y laicos. Su itinerario de búsqueda está documentado por sus escritos. Especialmente sus cuatro cartas pastorales como arzobispo de San Salvador son la expresión más alta y fructífera de su teología: La Iglesia de la Pascua, del 10 de abril de 1977; La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia, del 6 de agosto de 1977; La Iglesia y las organizaciones políticas populares, del 6 de agosto de 1978, escrita en unión con el obispo monseñor Rivera y Damas, de la diócesis de Santiago de María; La misión de la Iglesia en la crisis del país, del 6 de agosto de 1979. Sublime fue su última homilía, del domingo 23 de marzo de 1980, donde abordó los temas más importantes, que se encuentran en la base de su mensaje: la justicia social, la cooperación en el mal y el pecado, la objeción de conciencia ante el mal, la función de los laicos, las organizaciones populares, la misión de la Iglesia y su unidad, los pobres, la caridad y la justicia. Romero encontraba sus convicciones en el Evangelio y eran la base de sus opciones, de su enseñanza, de su espiritualidad, de su arrojo hasta dar por ellas su vida.

El obispo Romero habla de la Iglesia Cuerpo de Cristo que está presente en la historia a servicio del mundo: «La Iglesia está en el mundo para los hombres». La Iglesia, por medio de sus pastores, se hace voz de los miembros más débiles y dolientes, es «voz de quien no tiene voz»; debe pues tener una visión y una acción salvadoras. «Hace daño a Cristo quien hace daña a los cristianos», dice monseñor Romero en la segunda carta pastoral, de agosto de 1977. Como lógica consecuencia, inmoló su vida por los hermanos.

UN SANTO

 

Resaltemos algunas características del compromiso y de la santidad de Oscar Romero, que son para nosotros motivo de reflexión, con el fin de compartirlas y para hacerlas compromiso nuestro de vida.

 

La conversión. En la mejor tradición de las iglesias cristianas, Romero, hombre siempre bueno y justo, a sus setenta años hizo frente a un cambio radical, a una conversión. La causa principal de esto fue el encuentro con los pobres, primeramente como obispo en Santiago de María, y definitivamente en San Salvador. El 12 de marzo de 1977, ante el cadáver de Rutilio Grande y de los campesinos, su vida cambió para siempre. Las innumerables víctimas y los pobres y los oprimidos le condujeron a una existencia nueva, definitiva. En ellos encontró la “pequeñez” que coincidía con la “humillación” de Dios, y en esto no dio marcha atrás.

Los sacerdotes a los que él consideraba “de izquierdas” y “de Medellín” le apoyaron sin condiciones, mientras que los que habían estado con él como obispo moderado y nada comprometido en política, le abandonaron ante el peligro. A pesar de ello, como consecuencia del nuevo camino, se formó alrededor de él un grupo de colaboradores formado por personas pobres en su mayor parte, pero también por sacerdotes y laicos, por varios profesionales y universitarios de clase media.

La compasión contra la injusticia. Las puertas de su despecho en el arzobispado y en el pequeño asilo estaban siempre abiertas para acoger al pobre. Y vivió profundamente la humillación que unía a la compasión: «Mi tarea es ir recogiendo abusos y cadáveres», dijo en Aguilares.

La denuncia contra la mentira. Es importante recordar la forma de sus denuncias, especialmente en las homilías, porque no tiene paralelos. Todos los domingos sin excepción recordaba cada una de las violaciones a los derechos perpetradas a lo largo de la semana, por lo menos aquellas de las que había tenido noticia. Recordaba los nombres de las víctimas, el lugar y las circunstancias, así como la situación en que se encontraban los familiares. Y siempre mencionaba a los culpables, incluidas las organizaciones populares cuando venía al caso, en su mayor parte miembros del ejército, de los cuerpos de seguridad y de los escuadrones de la muerte. Y les exhortaba: «En nombre de Dios y en nombre de este pueblo que sufre, cuyos lamentos se elevan hasta el cielo, cada día más fuertes, os pido, os suplico, os ordeno en nombre de Dios: ¡parad la represión!».

 

La denuncia contra la idolatría de la riqueza. Condenó la riqueza y por eso le mataron. «Se mata a quien es un obstáculo», había dicho. Fue un obstáculo al mencionar la injusticia del dinero y de la riqueza, a las que señaló como una idolatría. Y denunció muchas otras idolatrías, especialmente la de la seguridad nacional. Condenó también a los medios de comunicación: «Hoy nadie cree ya en nada». Y denunció también a la Corte Suprema de Justicia: «Gran parte del descontento de nuestra patria tiene ahí su razón principal, en el Presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, quienes con más resolución deberían pedir cuentas a las cámaras, a los jueces, a todos los administradores de esta sacrosanta palabra: la justicia, para que sean realmente promotores de justicia».

 

Hombre de Dios. Fiel a Puebla, Romero condenó en primer lugar las muertes violentas y habló del Dios de Jesús, el Dios real, el Dios de su vida y el Dios de la historia. Habló de Dios y habló con Dios. Conocida esta oración suya: «Nadie se conoce mientras no haya encontrado a Dios… ¡Qué daría, queridos hermanos, para que el fruto de la predicación de este día fuera que cada uno de nosotros se encuentre con Dios y vivamos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez».

 

Pobre entre los pobres de su pueblo. Romero amó y defendió a los pobres. Siempre. Corría sus mismos peligros y lo decía: «No abandonaré a este pueblo». Denunciaba a sus enemigos, aunque fueran el Presidente y los generales de su país, e incluso al Presidente americano Carter, a quien prohibió que enviara armas a su país. Defendió a los pobres y arriesgó todo por ellos, como solo hacen los amigos de la verdad. Y decía sin avergonzarse lo que sentía por ellos: «Con este pueblo no es difícil ser un pastor bueno». El pueblo, sus pobres, le amaron como raramente se ama a un personaje, a un obispo. Le suplicaban como solamente se suplica a un padre. Hoy, treinta y tres años después, son muchos los que siguen amándole. En El Salvador le aman de modo diverso a como aman a otros santos populares canonizados. La aman y le recuerdan de manera muy especial los supervivientes de las masacres, las esposas y las madres de esposos e hijos asesinados y desaparecidos, los familiares de víctimas de las que nadie conserva el recuerdo. Y sin saber exactamente qué significa “canonización”, “culto público”, “intercesión”, se alegran de que el Papa proclame su nombre solemnemente y que diga a todo el mundo que Oscar Romero fue bueno y es santo. Están contentos. Y esto no es ciertamente una pequeña expresión de la canonización.

 

Padre de la Iglesia latino-americana y universal. En El Salvador los pobres y la gente buena «nunca había sentido a Dios tan cercano, al Espíritu tan operante, al cristianismo tan verdadero, tan lleno de significado, tan lleno de gracia y de verdad» (J. Ellacuría, Monseñor Romero, 30).

Don Pedro Casaldáliga habló así en nombre de muchos: «América Latina ya te ha colocado en la gloria del Bernini… San Romero de America, pastor y mártir nuestro: nadie hará callar tu última homilía». En monseñor Oscar Romero han visto el paso del Dios de Jesús de Nazaret.

CONCLUSIÓN

 

Para entender cuánto sabor de Evangelio hay siempre en las palabras de este santo obispo salvadoreño, terminamos con tres testimonios importantes: el primero es una parte del discurso pronunciado por Romero en la universidad de Lovaina antes de ser distinguido con el título de honoris causa; el segundo es el testimonio de un pobre “señor andrajoso” amigo agradecido de Oscar Romero; el tercero es un escrito de Romero un mes antes de su muerte:

“La esperanza que predicamos a los pobres la predicamos para restituirles su dignidad y para animarles a ser ellos mismos autores de su destino. En una palabra, la Iglesia no solo se ha puesto de la parte del pobre, sino que hace de él el destinatario de su misión, porque, como dice Puebla, Dios se hace cargo de su defensa y les ama… Las mayorías pobres de nuestro país son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen entre nosotros los que venden el justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que juntan casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio

Estos textos de los profetas Amós e Isaías no son voces lejanas, de hace muchos siglos… Son realidades cotidianas cuya intensa crueldad vivimos día a tras día. Las vivimos cuando se acercan a nosotros madres y esposas de prisioneros y de desaparecidos, cuando aparecen cadáveres desfigurados en cementerios clandestinos, cuando son asesinados los que luchan por la justicia y por la paz” (monseñor Oscar Romero).

“Una mañana de invierno, un señor andrajoso estaba limpiando la tumba de Romero utilizando sus harapos. Cuando terminó sonrió satisfecho. Me acerqué y le pregunté: «¿Qué haces?». Y me respondió: «Hago esto: limpio la tumba de Monseñor. Porque era mi padre». «¿Cómo?». «Yo soy solo un pobre. A veces paso por el mercado con un carrito, otras veces pido limosna y la gasto entera en licores y alcohol y duermo la mona tumbado en la acera…

Pero siempre me reanimo. He tenido un padre que ha hecho que me sienta una persona humana. Porque a gente como yo la amaba y no le provocábamos rechazo. Nos hablaba, nos tocaba, nos hacía preguntas. Tenía confianza en nosotros. Le gustaba ver el agrado que todo esto le provocaba. Como hacen los padres. Por eso limpio su tumba. O sea, como hacen los hijos”.

“Pongo bajo la providencia amorosa del Corazón de Jesús toda mi vida y acepto con fe en él mi muerte, por difícil que sea. Ni quiero darle una intención, como lo quisiera, por la paz de mi país y por el florecimiento de nuestra Iglesia… porque el Corazón de Cristo sabrá darle el fin que quiera. Me basta para ser feliz y confiado saber con seguridad que él está mi vida y mi muerte, que a pesar de mis pecados, he puesto en él mi confianza y no quedaré confundido, y otros perseguirán con más inteligencia y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria”

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Ojalá sepamos considerar estas palabras, de un mes antes de ser asesinado, como el testamento espiritual de monseñor Romero.

¡Feliz camino en compañía del beato obispo Oscar Romero!

¡Ánimo y adelante in Domino!

Stefano Camerlengo, Superior General IMC

Sor Simona Brambilla, Superiora General MC

 

 

PARA LA REFLEXIÓN Y LA ORACIÓN

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LA PALABRA

Mateo 5,12-16

“Vosotros sois la sal de la tierra. Si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Para nada vale ya, sino para tirarla a la calle y que la gente la pise. Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en la cima de un monte no puede ocultarse. No se enciende una lámpara para ocultarla en una vasija, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los que están en casa. Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos”.

Las últimas palabras de monseñor Osar Arnulfo Romero

“En este cáliz el vino se convierte en sangre que ha sido el precio de la salvación.

Que este sacrificio de Cristo nos dé la valentía de ofrecer nuestra sangre por la justicia y la paz de nuestro pueblo.

Este momento de oración nos encuentra fuertemente unidos en la fe y en la esperanza…”

(Oración en el momento del ofertorio de la Misa. Instantes después, el disparo de un fusil.

Eran las 18.25 horas del 24 de marzo de 1980.)

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Preguntas para la reflexión personal y comunitaria

  1. ¿Cuáles son los signos de los tiempos a los que como Iglesia e Instituto estamos llamados a responder?
  2. ¿Cómo deberíamos vivir hoy la opción por los pobres cotidianamente?
  3. No es suficiente recordar a monseñor Romero. Es necesario confrontarse con su experiencia y preguntarse cómo es hoy posible seguir sus huellas. ¿Qué significa hoy seguirle? ¿Y cómo hacerlo? ¿Qué es lo que dice hoy monseñor Romero a nuestro Instituto, a nuestras comunidades? ¿Su vida? ¿Su muerte?
  4. ¿Qué experiencias positivas de Iglesia “atenta a los pobres” y comprometida en la justicia y la paz conocemos y realizamos?
  5. ¿Qué conversiones estamos llamados a realizar a la luz del Evangelio: qué modos de pensar, qué actitudes madurar, qué comportamientos asumir?

ORACIÓN

Nosotros te invocamos, obispo de los pobres, intrépido fautor de justicia, mártir de la paz; consíguenos del Señor el don de poner su Palabra en primer lugar y ayúdanos a intuir su radicalidad y a sostener su potencia, también cuando nos trasciende. Líbranos de la tentación de limitarla por miedo a los poderosos, de domesticarla en obsequio a quien manda, de envilecerla por temor a que nos implique. No permitas que en nuestros labios la Palabra de Dios se contamine con los detritus de las ideologías. Échanos, más bien, una mano para que podamos valientemente encarnarla en la crónica, en la pequeña crónica personal y comunitaria, para que así produzca historia de salvación.

Ayúdanos a comprender que los pobres son el lugar teológico donde Dios se manifiesta y la zarza ardiente e incombustible de la que él nos habla.

Ruega, obispo Romero, para que la Iglesia de Cristo, por amor a ellos, no se calle. Implora al Espíritu Santo para que abata tanta parresia, para que se desprenda, finalmente, de las sutilezas del lenguaje mesurado y la lleva a decir a cara descubierta que la carrera a las armas es inmoral, que la producción y el comercio de los instrumentos de muerte son un crimen, que los escudos espaciales son un ultraje a la miseria de los pueblos exterminados por el hambre, que la creciente militarización del territorio es la más bárbara distorsión de la vocación natural del ambiente.

Ruega, obispo Romero, para que Pedro, que te ha querido mucho y dos meses antes de tu muerte te ha animado a ir adelante, pase por todos los lugares de la tierra como peregrino de la paz y continúe audazmente confirmando a los hermanos en la fe, en la esperanza, en la caridad y en la defensa de los derechos humanos donde son pisoteados.

Ruega, obispo Romero, para que todos los obispos de la tierra sean pregoneros de la justicia y creadores de paz y para que asuman la no-violencia como criterio hermenéutico de su compromiso pastoral, sabiendo perfectamente que la seguridad de la carne y la prudencia del espíritu no son grandezas medibles entre sí.

Ruega, obispo Romero, por todos los pueblos oprimidos por las deudas. Facilita con tu invocación ante Dios la remisión de estas cargas inhumanas de esclavitud. Enternece el corazón de los faraones. Acelera los tiempos en que un nuevo orden económico internacional libere al mundo de todos los aspirantes a ser Dios.

Y finalmente, obispo Romero, ruega por los aquí presentes para que el Señor nos conceda el privilegio de ser prójimo, como tú, de todos los que tienen que vivir fatigosamente. Y si el sufrimiento por el Reino lacerara nuestra carne, haz que los estigmas que dejan los clavos en nuestras manos crucificadas sean aspilleras a través de las cuales podamos divisar desde ahora nuevos cielos y nueva tierra.

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